Lobo del Fuego
LOBO DEL FUEGO
Padre, cuando los días se vuelven pesados
y la vida muestra su rostro más duro,
miro hacia atrás y veo el largo río de años.
En sus aguas te veo a ti.
Tus manos, tus tormentas, tu luz, tus sombras,
todo latiendo silenciosamente en mi pecho.
A mis treinta y seis, el mundo enseña sin piedad.
Sus inviernos son largos, sus lecciones agudas.
Y en ese frío por fin comprendo
cuán cálida fue mi infancia,
porque tú construiste un hogar que nunca se congeló.
Crecí porque tú soportaste tormentas.
Me levanté porque tú te negaste a caer.
El hombre que soy
nació de tu ternura, de tu fuerza,
y también de tus bordes ásperos
que nunca ocultaste.
Llevo muchos hábitos tuyos.
Unos nacidos de la paz y otros del fuego,
pero necesito a ambos.
Cada uno habla en su momento,
enseñándome a moverme,
a proteger,
a amar,
a entender el mundo sin miedo.
Y cuando muestro mi fuerza,
tu energía resuena dentro de mí,
y mis colmillos aparecen, firmes e imponentes,
el mismo aviso feroz que tú llevabas
cuando el peligro se acercaba demasiado.
Y cuando muestro mi masculinidad protectora,
tu energía vuelve a resonar,
suave pero inquebrantable,
una ternura que protege,
un corazón que resguarda,
una valentía silenciosa que no retrocede.
Antes odiaba cuando me decías
que no jugara a ser víctima.
Pero esas palabras viven en mis huesos.
Se levantan en mí
cuando la vida se enfría
y me dan la fuerza
para seguir caminando.
Hay una parte de mí que lleva una sombra
que nunca viví,
una pena silenciosa que me alcanzó
a través de tu silencio.
Sentí una parte del dolor que soportaste,
el dolor que tocó a tu familia mucho antes de que yo llegara,
un duelo tallado en las generaciones.
De alguna manera también se volvió mío,
no en sufrimiento,
sino en comprensión,
en saber que tu fuerza
nació de sobrevivir a lo que quiso destruirte.
Es imposible dejar de pensar en ti.
Aunque la distancia crezca entre nosotros,
la entiendo.
Es el precio de ser lobos.
Somos buena gente
pero somos feroces
y así vivimos nuestras vidas
y así sobrevivimos
y estoy orgulloso de eso
sin importar lo que diga el mundo.
Los que critican
lo hacen detrás de puertas cerradas,
susurrando en la oscuridad,
nunca lo bastante valientes
para decirlo a nuestra cara.
No nos conocen.
Nunca nos conocerán.
Llevo garra por ti,
ese fuego chileno en mi sangre
que no vive en los puños
sino en el alma,
donde el valor se levanta en la oscuridad,
el que se niega a inclinarse,
el que hace a un hombre
imposible de derrotar.
A través de mí tu voz aún camina.
A través de mí tu espíritu se eleva.
Y con cada paso que doy
transmito algo real,
algo tallado por generaciones
que cargaron fuego
para que yo pudiera cargar luz.
Y por eso te doy las gracias, Padre,
no por un apellido escrito en papeles,
sino por algo mucho más grande.
Gracias por recibirme en tu manada,
por elegirme como hijo.
Gracias por ser mi padre en todo lo que de verdad importa.
⸻
Sobre el autor
Samuel Cartes es un escritor chileno-estadounidense radicado en la ciudad de Nueva York. Estudiante de CUNY, explora temas de fortaleza, linaje y resiliencia, inspirándose en el fuego de su herencia y en las lecciones transmitidas por los hombres que lo criaron. Su obra honra a su familia, sus raíces y el valor silencioso que se encuentra en la vida cotidiana.
Comments
Post a Comment